8 ene. 2014

Como pasaba el tiempo

Pase tanto tiempo queriendo saber de ella, queriendo tenerla de nuevo entre mis brazos y amarla. 
Me la pase sintiendo el frío viento de la soledad, abrigado bajo la ruana de la esperanza de volver a verla.
Y así eran los días en el monte, frío de noche, calor en el día, osea inestables.
Y pues se llego el día en que volviera, y emocionado saque a volar los pavos reales, despulgue el perro, saque las cobijas al sol y mate 3 gallinas.
Preparando el sancocho la vi asomar por la ventana, yo taba llorando de picar cebolla, cuando llego. Llego más colorada que antes, pero igual de linda que siempre, llego con un fajo de tela terciado al espinazo como cuando se fue, pero ya no era ella.
A pesar de que me insistía que en ella nada había cambiado, a mí no me metía los dedos en la boca. 
Yo sabía que en sus ojos tristes se hacían planes y que en esos planes yo no tenía ni pinta de presencia. 
¿y entonces que hacía con mis corotos?, ¿y con las matas que sembré en la huerta, las que crecían juntas pero no revueltas?, ¿y que iba yo a hacer con el tiple y la guitarra y los momentos y juramentos de amor?, las canciones compuestas...
Todo fue en vano...
Entonces me resigne, porque ¿qué más hace uno, mano?, sino, bajar la cabeza y aceptar.
Por ahí me quede con el sancocho servido, hasta cilantro le había picado pa' que se acordara a lo que sabe el terruño.
Pero no sirvió de nada.... ni quiso acordarse.
Así la vi irse, por donde llego.
Ahora me paso las noches, como alma en pena y sin dormir, yo no quería olvidarla pero me obligaron, y como le dice uno al corazón que deje de amarla, si esa decisión no la toma uno.
Hasta el trago más dulce me sabe a rancio, y la panela no endulza como antes, intente armar melcochas pero un toro se me mando y me arrebato la olleta, y el tinto me queda cargado, la arepa se me quema, se me derrama la leche, ni alientos tengo pa' achicar un ternero...
Todo es como sin gracia, como desabrido... todo es tan estéril cuando ella no esta.

25 nov. 2013

De vuelta a casa




En mi camino pedregoso, crece la hierba a parches, a la vera retoñan hermosas margaritas, danzan inquietas las abejas y las mariposas revolotean bebiendo el néctar de aquellas flores que se regocijan con su presencia.

Los arboles parecen más altos en este lugar, sus hojas permiten que la luz traspase diáfanamente y la brisa hace que el rocío de la mañana se desprenda por los tallos hasta su raíz. Allí viven pajaritos, insectos y animales, como el pequeño gorrión que anuncia una tormenta, pero me siento tranquilo, pues de ella, solo disfruto el agua caer, no me doy lugar a pensar de que estoy mojado.

Avanzo a paso constante y la lluvia desaparece, las nubes huyen despavoridas del sol iracundo y este brilla. Brilla tanto, que su calor me da fuerzas para seguir caminando, no doy cabida en la mente para sentir calor. Y así lo veo alejarse, desplegando sus rayos hasta el último momento, diciendo “hasta mañana, los espero temprano a las 5:00 a.m.”. 

Entonces, las aves buscan sus nidos, los animales buscan refugio, parece que la noche será fría, pero no puedo pensar en ello, tengo una llama interna que me ínsita a continuar caminado, por cuestas empinadas, es difícil ver en la oscuridad, pero ya viene la luna para iluminar, mi refugio es de centenares de estrellas, brillan distantes y apartadas, pero allí están cada noche, recordándonos de donde venimos.

Tengo un azadón al hombro que a veces pienso que pesa demasiado, como si cargara con mi cruz, pero lo que llevo terciado en la mochila, me recuerda para que lo cargo, son frutos de la tierra, papita de mi terruño, algunas verduras, algunas fruticas.

Los perros ladran, pero no se notan furiosos, ellos han aprendido a reconocer mi trasegar por el camino, entonces veo asomar una silueta en la ventana de la casa, es una mujer, es mi esposa que me saluda. Por el portillo salen los niños a mi encuentro, se abalanzan sobre mí y me tumban sobre el césped. El más pequeño me ayuda con el azadón, la niña se hecha la carga encima, pero yo le ayudo. Miro la chimenea de mi ranchito y siento el olor a mazamorra de tostado desde antes de entrar a la cocina, mi mujer me dice que si quiero otro plato, yo lo recibo con gusto.

Mañana es navidad, a lo lejos la luz de la ciudad titila inquieta toda la noche, sentado en una piedra de amolar, doy gracias a la vida, pues una vez más he vuelto a casa, a mi campo.

28 sept. 2013

Mi Casa


Esta es la casa de mis abuelos, fué construida por allá en 1969, en los tiempos en que los hombres construían sus propios destinos y apenas se empezaban a formar los barrios. Por aquel tiempo, el pedacito de tierra donde está la casa, le costó a mi abuelo 8.000 pesos, esto fue, cuando apenas se casó con mi abuela y vivían arrendados en la casa de al lado por 2 pesos con 50 centavos.

Allí crecieron mis seis tíos y mi madre, incluso, yo alcance a dar lata por ahí. Siendo las primeras casas del barrio Simón Bolívar, esta  fue testigo de cómo la carretera paso de ser trocha en arena a cubrirse muy lentamente de asfalto,  también presenció las buenas costumbres en desuso entre vecinos de celebrar la navidad con tremendos banquetes y fiestas que se extendían hasta el 25,  aquí se presenció el surgimiento del colegio Custodio y fue gracias a este hecho que mi abuelo es una de las personas más recordadas de Málaga, pues también fueron sus manos las que ayudaron a pegar ladrillos y trazar cañerías, para ver, lo que hoy en día es uno de los colegios más grandes del pueblo, también, fue gracias a este hecho que mi abuela comenzó a hacer sus tan conocidas empanadas. Harina de trigo, huevos, agua, polvo de hornear, sal, azúcar, arroz con carne o guiso de arveja y mucho amor, estos fueron los ingredientes con los que mis tíos y mi madre obtuvieron sus títulos universitarios y con los que mi familia ha salido adelante, lo digo con orgullo, pues mi abuela tiene un trabajo honesto y humilde, que apenas le da para vivir con lo necesario y ser feliz, en contraste a todo aquello que perseguimos, el falso oropel.

Estoy completamente seguro, que esta casa no siempre fue así.  Similar a un árbol, esta tuvo que regarse con el paso de las décadas, para verla crecer y asentarse en sus cimientos, con el sudor de la frente de mis abuelos, por fin hoy es lo que vemos. Pero yendo más allá, esta casa y mis abuelos me hacen reflexionar, “que todo tiempo pasado fue mejor”, es algo que no puedo aseverar con certeza,  pero desde la ciudad siento que no he estado en lugar más tranquilo que ese, un lugar donde mis recuerdos de infancia se tornan tecnicolor y el espíritu de los años de lucha se ven reflejados en los claros ojos de mis abuelos para hacerme decir con todo mi corazón lo mucho que los admiro.


8 dic. 2012

Cóndor de los Andes (Vultur gryphus)



"la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti ".
"...embargada por el gran sentimiento de tristeza que dejan aquellas personas especiales para las que éste mundo era pequeño."



Así comienza la vida, solamente basta un leve suspiro y todo vuelve a empezar.
Y justo cuando mi afligido corazón renegaba de la indolente humanidad,
justo cuando empezaba a creer que esta raza de hombres no tendría redención...
Apareció él.
Un hombre altivo como el cóndor, de enorme corazón, de buenos sentimientos...
y así forje mi camino de aprendiz, junto a buenos maestros
dejando en el pasado ese odio efímero in-argumentado hacia los hombres de los que hago parte
todo porque en su rostro se reflejaba la esperanza de un mundo mejor
en su pensamiento orbitaba el frágil y preciado equilibrio de Gaia
Si, Gaia, la de anchos pechos, nuestra madre
a la cual hoy a retornado, a la cual siempre defendió
Y es que eso fue lo que aprendí de él, 
A respetar, lo que me ha brindar el pan
A venerar, a mis iguales y a los que no
A honrar, los peces de las aguas, las aves de los cielos, los animales de la tierra
Hoy mi corazón embarga un sin fin de sentimientos
La alegría, porque pude aprender mucho de él y porque como él se que hay muchos
La tristeza, porque su cuerpo material no rodeara los habituales habitaculos de enseñanza
Maestro, después de todo...
después de este ritual de luz
después de esta leve tormenta llamada vida
Nos quedan tus enseñanzas
Nos quedan la idea quimerante que ardía como lava en tu mente
y eso es eterno
es una llama que jamás se apagara
y después de todo podrás ver el mundo de tu propia utopía
forjado por nuestras manos, inspirados por tu ejemplo...

Al profesor Luis Bernardo Torres Peña (RIP), Profesor UIS sede Málaga.

29 oct. 2012

Se lucha




Se lucha, se vive, se llora, se camina, lento, frió, sin prisas o azares, se llega a la tan anhelada espera.
La vida mueve sus maracas como la cascabel de una serpiente que se yergue sobre su panza, mientras tanto nos hipnotiza, nos vuelve taciturnos, mediáticos, zombies.

Y es entonces cuando la música nace, desde la más entrañable necesidad, las más visceral de todas las necesidades, nos muestra esa pantalla en alta definición llamada realidad, la música lo es todo, es la vida misma que es dual, que a veces es blanca, a veces negra, pero nunca ambas a la vez, jamas gris. 

Así fue la vida de un gran maestro malagueño, que el eco de sus maracas perdure por siempre en la alboradas musicales, y que el andar rastrero de sus pasos marque el sendero, por la calle real, de los que en algún modo hemos andado sobre el pentagrama de la música.

Un pequeño homenaje a un gigante malagueño, el Maestro Portilla, qué la música y el arte siempre Iluminen los senderos.




23 jul. 2012

Causa y Efecto - Relato original de David L. Parra Ortiz



-Málaga, es el centro de universo-, me decía un viejo amigo pintor llamado Samuel, mientras su dedo índice  desplazaba sus anteojos reacomodándolos en la nariz, luego su mano acariciaban levemente los pelos del bigote poco poblado de su boca, terminaba quitándose la gorra y rascándose la corona de la cabeza. Estas palabras quedaron sonando en mi cabeza y camino a casa de mis abuelos, recordé que el imaginario del que estaba hablando Samuel, debería comportarse según la ley de la causa y efecto...

-Mija, Minervita, mi amor, con la plática ahorrada, ¡mañana mismo! me compro unos métricos de arena pa’ empañetar el frente- le decía el maestro de obra a su mujer mientras sus manos callosas rozaban las rosadas mejillas de la señora, que con ojos azabache y apretando fuertemente su delantal, contemplaba con cariño los azules ojos de su marido.
Al día siguiente, una volqueta Ford se encontraba dando reversa, lista para descargar los tres metros de arena negra, en frente de su casa. En ese mismo momento un bus intermunicipal, con dos chivos, unos pollos y una carga de panela amarradas en la parrilla, se encontraba atascado ante un inmenso derrumbe de arena en la vía Molagavita - Málaga. 
– ¡Pero qué paso mano!, si últimamente la lluvia ha mermado arto, yo no me explico porque se vino la montaña así de jeroz- comentaba el ayudante al conductor. 
-¡Miguel, Miguel Salga a jugar!- gritaba Carlitos, el vecinito de la tienda a Miguelito, el hijo del maestro, -Mire que me pelaron como cuatro maras en la escuela- reprochaba su mala suerte Miguelito. 
-Pues entonces juguemos con el trompo- retaba a manera de consuelo su amiguito. 
Fueron 16 vueltas de pita las que necesito ese trompo tatareto de madera para que lo pusieran a rumbar. En ese mismo momento en el departamento de investigaciones de ciencias climáticas de la universidad de Pensilvania, un grupo de investigadores lograron medir la tasa de cambio de inclinación del eje de la tierra con una increíble exactitud. El reporte en uno de sus párrafos decía -Nuestro descubrimiento es desconcertante, los resultados muestran que cada 16 giros de la tierra en su propio eje y cada 16 más alrededor del sol, su inclinación disminuye en 1,00054 grados-.

-¡Mireya, míreme la leche que está en el fogón mientras salgo a la esquina a comprar unas cebollas pal’ almuerzo!-  gritaba doña Antonia a la joven Mireya, quien estaba concentrada en un capítulo de su telenovela preferida, las palabras de su madre habían pasado desapercibidas. El fogón ardía con su llama más alta y la leche comenzaba a hervir mostrando su típica espuma blanca y pura, mientras tanto, en la telenovela, el protagonista se proponía besar a su amante con el riesgo de ser descubierto por su mujer, en el momento justo en que lo hizo, un olor profundo a quemado salió de la cocina acompañado de un ruido, naturalmente, de leche hirviendo. 
-Mi mamá me va a matar- decía Mireya mientras limpiaba la fogonera con un trapo. 
A varios kilómetros de distancia en las islas paradisiacas de Hawái, el volcán Manua Loa hacía erupción inesperadamente mientras que en el puesto de observación los encargados de vigilar el comportamiento del volcán se encontraban entretenidos en la misma telenovela que Mireya estaba observando. 

-Se le paso la mano con el blanco titanio, mire que esa vaina le quedo como un remolino-, acotaba el maestro pintor Hugo Moreno a su pupilo, Fabiancito, que con el pincel afanosamente, retiraba haciendo círculos, el exceso de oleo que manchaba el ojo de una mujer en una pintura para exhibir en las ferias y fiestas de Málaga. 
En ese mismo momento en las costas de Estados Unidos, la diferencia de densidades que ocasionan la evaporación gradual de los océanos y el aire frio que circundaba la atmosfera kilómetros más arriba, provocaban un brusco fenómeno conocido como huracán, afortunadamente para todos, el huracán se desvaneció, en el mismo momento en que el maestro Hugo le decía a Fabiancito -Esa vaina, ahora sí parece un ojo-.

Todo esto lo pude ver en los remolinos de una taza de chocolatico caliente con trocitos de cuajada flotando y sin explicarme porque mi abuelita me decía – Ya ve mijito, si hay algo que en verdad le despierte a uno el alma, ese es el cacaito-

Relato dedicado a las personas humildes y trabajadoras de mi Colombia. A los campesinos e indígenas de mi país. A mis bisabuelos José A. Manrique (QEPD) y Flor Evelia Vargas (QEPD), humildes campesinos de la vereda Buenavista de Málaga, sus buenas costumbres, siempre las llevare presente.


22 abr. 2012

La Batalla

La Batalla
Relato original de Pacelli Torres

“El egoismo, la avaricia, la discordia y todas las demás emociones negativas de los humanos son la moneda con que se negocia en el infierno.”

Al oir estas palabras, el Desgano tuvo una gran idea. Salió de su cueva y le propuso matrimonio a la Apatía, le prometió que irían juntos vagando por la mente de los humanos depositando en ellas sus larvas, cuando estas se desarrollaran producirían frutos que se reproducirían a la vez y ellos, el Desgano y la Apatía se convertirian, de esa forma, en una pareja extremadamente rica.

La Apatía aceptó.

Al cabo de unos meses podía veseles en plena actividad. La Apatía, vestida como una niebla blanquecina, se mezclaba con el Desgano, cuyo disfrás era un humo ocre y juntos formaban remolinos que penetraban lo más íntimo de la conciencia humana.

Mi propio pueblo, me da tristeza decirlo, estuvo a su merced.

Cientos de personas se vieron afectadas. Sú único propósito en la vida parecía ser desear el mal a los demás. Sus corazones se fueron carcomiendo por la envidia y solamente se oían de ellas lamentos por su mala suerte y el cruel destino que les había correspondido vivir. Habían perdido toda esperanza y nadie parecía hacer un esfuerzo por cambiar.

Los más jóvenes se atrincheraban tardes enteras frente a las pantallas del computador sin hacer nada productivo, evitando a toda costa el tener que pensar. Parecían no darse cuenta de que el tiempo se les escapaba de las manos.

“Una mente desocupada es el taller del diablo”, les repetía una y otra vez don Abelardo el sastre, pero parecían no entender.

“El tiempo perdido los santos lo lloran”, eran las palabras de doña Ernestina, pero a ellos les tenía sin cuidado.

Todos los que fuimos infectados notabamos el desazón en nuestro corazón, pero no comprendíamos la causa. Nuestra mente vagaba como un barco a la deriva, nos era imposible focalizar cualquier pensamiento y lentamente fuimos cayendo en un pesado letargo.

Los engendros del Desgano y la Apatía nos manejaban como si de marionetas se tratara. Nosotros, sintiendonos acorralados y perdidos, hicimos tímidos esfuerzos por liberarnos, pero desafortunadamente fueron mal encaminados. Culpabamos a nuestros padres, a los profesores, a las instituciones, reclamabamos sin dejar que los demás hablaran, lanzabamos arengas que nosotros mismos no entendíamos, sentíamos que habíamos sido despojados de algo, pero no sabíamos de qué ni cómo.

Entonces, ante aquel desastre inminente, desde las dimensiones que se hallan más allá de la comprensión humana, fue enviado un mensaje. Lo traía Virigilio, quien había guiado a Dante por el purgatorio y el infierno.

“Mira el cielo, mira el cielo” sentí que me gritaban mis compañeros, “nos han enviado la clave”. Miré hacia arriba pero lo único que vi fue el arcoiris. “Mira con atención”, me repitieron mis amigos, y entonces fue cuando lo ví. El arcoiris se había transformado en una trenza de rayos azul, rojo y blanco. En cada uno de ellos había diferentes inscripciones: en el primero, ecuaciones y fórmulas matemáticas, en el segundo imágenes de templos griegos y pinturas del renacimiento y el tercero simplemente era de una blanca luminosidad.

Son la Ciencia, el Arte y la Espiritualidad, nos dijo nuesto compañero Flavio, al que todos llamabamos Platón por su amor a la filosofía. Las tres deben estar entrelazadas y constituyen el pilar fundamental para el desarrollo humano.

Desde entonces se ha librado una dura batalla entre el Desgano y la Apatía, que pretenden anularnos y la trenza mágica de la que nos habló Platón. Cuando avanzan los unos, retroceden los otros pero estoy seguro de que al final la Ciencia, la Espiritualidad y el Arte se impondrán, después de todo, las bibliotecas están abiertas, el sentido de la existencia está imbuído en Naturaleza y una caja de témperas no cuesta mucho.

Antaraxia

Recibí este libro desde Argentina, no sé por qué ni como, en todo caso los invito a hojearlo. Se puede bajar gratis desde internet en

http://gonzalosalesky.blogspot.com/

Si les gusta háganselo saber al autor, los escritores nos alimentamos de los triunfos.

20 abr. 2012

La clase de ciencias

La clase de Ciencias
Relato original de Pacelli Torres

El director se presentó un día en nuestro salón de clase. “Don Facundo está enfermo” nos dijo. Todos sonreimos por dentro y reprimimos un aplauso. Don Facundo estaba enfermo y no tendríamos la tortura de sus aburridas clases por dos semanas.

“Sin embargo”, continuó el director,”su sobrino está aquí para reemplazarlo.

Por la puerta entró un ser que parecía salido de otro mundo. Tenía una barba rala y el cabello encrespado le caía hasta la espalda. Su rostro se me hizo conocido, pero no sabía dónde lo había visto.

Pasó la mirada por cada uno de sus nuevos pupilos y tuvimos la sensación de que estaba viendo a través de nosotros.

“Muy bien, señor director”, dijo, “veré que se puede hacer.”

El director salió y nos quedamos a solas con Facundo dos. Se llamaba igual que su tío. “Es una cuestión de familia”, nos dijo, “el nombre ha pasado de generación a generación desde que el tatarabuelo de mi abuelo salió de Portugal.”

Las cosas que oímos en esas dos semanas de boca del segundo Facundo las hemos recordado hasta la fecha todos los que tuvimos el privilegio de escucharlas.

El jueves de la segunda semana, sin embargo, yo quedé con la duda de si en verdad había entendido todo lo que quiso decirnos.

Tomó una lámina de cartón en la que había hecho una ranura, puso tras ella un vaso con agua y acercó el conjunto a la ventana para que le diera el sol. Enseguida aparecieron los colores del arcoiris.

“La luz que conocemos”, dijo,” está formada por ondas de diferentes longitudes, cada una produce un color diferente.

“Oh”, dijeron algunos de mis camaradas. “Es increible”, dijeron otros”

“Es por eso que vemos los colores”, explicó el nuevo maestro. El tablero lo vemos verde porque su superficie absorbe todas las longitudes de onda, excepto la verde. Esta la refleja hacia nuestros ojos y por eso vemos su color.”

Susana, una de mis compañeras guardaba silencio y parecía estar inmersa en un profundo pensamiento.
De repente levantó la mano para pedir la palabra y dijo:

“Eso significa que existen otras cosas a parte de lo que vemos, y que las cosas no son como parecen, como ha repetido tantas veces mi nona Celestina.

“Claro”, dijo Facundo etusiasmado, “en eso tienes razón. En este cuarto estamos rodeados de información. Es increible la cantidad de conocimiento que justamente ahora rebota en las paredes y de la cual nosotros no tenemos ni idea.”

Dos de mis compañeros de atrás se miraron el uno al otro y mientras Facundo abría el cajón de su escritorio uno se llevó la mano a la cabeza con gesto de apretarse un tornillo.

“Veamos si podemos pescar algo de ese conocimiento”, dijo el maestro que ahora tenía un pequeño radio en la mano. Lo encendió y movió el dial hasta que captó una emisora.

“Es la voz de Dinamarca, transmitiendo desde Copenague”, nos dijo. “Las ondas de radio no pueden verse y sin embargo existen. Y no sólo eso, han viajado miles de kilometros para llegar hasta nosotros. Esta es la prueba.”

Su voz era clara y firme como sólo los profetas la pueden tener.

Entonces, súbitamente me dí cuenta de dónde había visto al nuevo profesor antes. En la iglesia, en una de las pinturas que representan el bautizo de Jesús. Facundo tenía el rostro de Juan el Bautista, de eso no cabía duda.

A la salida del colegio oí a dos de mis compañeros que se decían: “eso sí fue una clase de Ciencias, no como las del viejo Facundo, que matarían a un burro de tristeza.”

Sin embargo yo no pensaba en el experimento, sino en las palabras de doña Celestina. Así como las ondas de radio no pueden verse, tal vez existen seres de otros mundos que nos rodean continuamente y tratan de transmitirnos su saber.

Esa misma tarde decidí ir a visitar a don Facundo, allí estaba también su sobrino. Pero ahora que lo pienso, nunca los vi a los dos juntos. Cuando salía uno de la sala entraba el otro.

Ondas de radio, seres de otros mundos, maestros que rejuvenecen. Definitivamente en este pueblo las cosas no son como parecen.

4 abr. 2012

El mensaje


El mensaje

Relato original de Pacelli Torres

Las marcas en el ala de la paloma eran inequívocas, se trataba de una herida de flecha. El animal yacía en el piso y de no ser auxiliado moriría en las próximas horas. Rami la tomó con cuidado y la llevó a su casa. Rami era el nombre con el que se conocía en el pueblo a la hija de Ramón el zapatero, a quien todos tomaban por retardado mental. Ramón y su hija vivían a las afueras del pueblo en una casa modesta donde en realidad nada les faltaba. Para los vecinos era un misterio que pudieran sobrevivir con los escasos ingresos del zapatero. Rami tenía ocho o nueve años y todos sabían que iba a convertirse en una mujer muy hermosa. En una ocasión habían sido visitados por las autoridades del pueblo a las que preocupaba que una niña no asistiera a la escuela y viviera con un hombre con problemas mentales. “Mi padre es un sabio”, les había dicho y yo ya he aprendido de él todo lo que se necesita saber. Las autoridades se negaron a aceptar su palabra y llevaron con sigo a don Jacinto, el maestro de escuela para que le hiciera un examen a la niña. Aquella respondió impecablemente a todas las preguntas. En la prueba de comprensión de lectura encontró dos tíldes que faltaban y tres comas mal puestas. Dado que las autoridades civiles determinaron que en realidad nada estaba mal, acudieron a las autoridades eclesiastisticas. Aprovechando la visita al pueblo del señor Obispo, se arregló que este viera a la niña. Rami habló por horas con gran elocuencia y el obispo tuvo que admitir que todo estaba en orden. Aunque a nadie contó que al llegar de nuevo a su despacho se dio a la tarea de conseguir los libros que Rami le había mencionado, tan intrigado había quedado con sus respuestas. Esa era pues Rami, quien aquella mañana regresó a casa con una paloma herida. “Alguien conoce nuesto secreto”, dijo el padre con seriedad mientras limpiaba la herida de la paloma con un ungüento de hierbas que la curó instantaneamente. “El mensaje ha sido interceptado, tendremos que avisar de inmediato a la sede central”. Acudieron al mercado donde encontraron a doña Eustacia, la vendedora de canastos. Esta partío una naraja en dos y les ofreció una de las mitades. Allí, en la mitad que tenía Ramón en la mano, empezó a moverse una luz azulada que desde la distancia reconocí como una lejana galaxia en espiral, al oprimirla un poco salió una gota de jugo que no cayó al piso sino que quedó suspendida en el aire y comenzó a girar. Se trataba de un planeta y hacia allí voló la paloma, llevando el mensaje de advertencia. Yo, disfrazado de vendedor de mangos, y con mi arco y mis flechas escondidas bajo un costal vacío, destruí sin leer el mensaje que había quitado de la pata de la paloma y abandoné el mercado. Aquella misma noche renuncié a mi puesto como espia intergaláctico y al día siguiente llevé a reparar mis zapatos a la zapatería de Ramón. Realmente no había nada malo con aquella niña.