15 jun. 2010

No le temo a la vida pues he soñado con ella.

De todas las palabras que había escrito hasta entonces, sin duda alguna, las de aquella tarde se convirtieron en las más trascendentales en mi vida, quería hacer prosa, quería hacer verso, pero ningún género se ajustaba a lo que mi corazón quería expresar.

Pase toda la tarde sin descanso escribiendo sin rumbo, dando tumbos por el mundo, girando y girando en las dudas oscuras, buscaba la claridad en cualquier lado. La escarpada geografía había distanciado nuestros cuerpos materiales pero eso no fue impedimento para tomar las riendas de la mente y transportarme hasta el infinito mundo de sus sueños, se sorprenderán de lo que les diga pero…ahí parada frente a una ventana estaba ella, su cabello ondeaba en el viento como una bandera, su cuerpo frente a mí y el perfil de su rostro brillando como el alba, al fondo paisajes extraños, irreconocibles y coloridos, adornaban en perfecto contraste su ropa oscura, lúgubre y triste, esto no duro mucho pues el tiempo empezaba a difuminar sus ropas con los arboles y montañas que terminaron por adornar su cuerpo de diosa.

Tenía poco tiempo para eternizar ese momento y no sabía cómo hacerlo, opte por acercarme un poco hacia ella, tenía ganas de detallar su rostro y grabarlo para siempre en mi mente, pero vaya que el destino es cruel, pues a medida que me acercaba, su figura de mujer se desdibujaba dejando rastros de acuarelas derritiéndose en mi sueño con la humedad de su silueta. Cuando estaba próximo a la ventana pude observar como una lágrima en su hermoso rostro recorría su mejilla y misteriosamente caía al suelo de madera transformada en una rosa de un color jamás antes visto por la humanidad, un color, que si mal no recuerdo, había inventado para adornar sus cabellos cierta noche de luna llena.

A través de la ventana desfilaban claves rojos y juntos a ellos revoloteaban las estrellas como mariposas de colores , sentí un fuerte dolor en el pecho, y desde el interior mi pecho se abrió como la boca de un muerto, vi como mi corazón huía cobardemente hacia la escalera que daba al primer piso de un rancho viejo en los suburbios de una ciudad misteriosa, mi corazón pasaba los escalones brincando de uno en uno, cada escalón quedaba impregnado con sangre mientras yo me arrastraba inerme sobre la madera podrida del suelo, fue en ese momento cuando se cerró la ventana del cuarto bruscamente y el estruendo sonó como una advertencia, de nuevo era ella que regresaba desde el olvido, llevaba un vestido blanco, resplandeciente e imposible, se acerco lentamente hacia mi tragedia, saco de su bolsillo una semilla que no alcance a notar y la planto en mi pecho con tal destreza que desde el mismo instante comenzó a florecer en mi pecho un nuevo corazón.

Me levante gracias a su mano tendida, la miseria fue pasando ahí mismo sin percatarlo, sin decir adiós, tuve razones para abrazarla así como hubieron otras miles para besarla, pero antes de que empezara a pensarlo ella ya lo había hecho, mi boca en su boca, como una abeja untada de polen, como un par de mariposas entrelazadas, volando y creciendo.

Regrese de inmediato y la espesa niebla adornaba el robledal su altura no sobrepasaba mis tobillos.