7 ago. 2010

Historia de una muerte no vivida.


En un día como esos en los que por cada 30 lluvias sin ánimo y sin voluntad, sale el sol; en esos momentos en los que las personas pasan a tu lado con altivez y tu solo puedes ver, oír, oler las gotas de lluvia, observas todo detenidamente hasta que BUM se oye un estruendo, eres tú, pero no alcanzas a entender por qué todo el mundo te mira y llora, por qué hay una señora gritando a tu lado pero sólo las ves, no oyes, todo se silenció, las personas hicieron un alto a tu lado, pero aún no entiendes, hasta que dejas de sentir los pies y piensas, para qué los necesito si puedo volar, la persona dentro de ti te dice:" ¡claro que puedes volar!" sientes hormigueo subiendo por tu pierna y piensas: no necesito correr cuando puedo volar y esta persona te habla de nuevo para decirte: "¡aún puedes volar!", todo transcurre a bajas velocidades pero sigues viendo la conmoción de las personas, ya no sientes la mitad de tu cuerpo y tus manos desaparecen, las ves pero ya no están y afirmas en tu mente: las manos y entonces ¿ahora con qué escribiré? pero llegas a la fina conclusión de que no harán tanta falta, de hecho puedes pedirle a alguien que escriba por ti, pero empiezas a ir y venir, ya no piensas tan rápido, ya no ves nítido, así que divagas, no soy nada sin mis pensamientos... entonces, esa persona regresa para ensordecer y así mismo ahondar, y te dice en un susurro aterrador: " ya no eres nada". Se levantó volando para ver sus banales restos oprimidos entre dos automóviles que yacían en la vía.