9 jul. 2011

LUCES Y SOMBRAS

Relato original de Pacelli Torres


Era la decimotercera luna llena del año mítico de Dajal y en el aire flotaba una extraña sensación de que los elementos estaban a la espera de un gran acontecimiento. La luz plateada se reflejaba en las hojas de los árboles y una tenue bruma ascendía y luego se disipaba en el aire. A lo lejos se oía el aullar de los perros y frente a la ventana Tembol contemplaba en silencio el panorama y recordaba los días de su juventud en que trabajara como asistente de la temible hechicera Kran. Fue precisamente una noche de luna llena cuando Kran se despidió de él y le dejó como recuerdo un pequeño cofre negro con bordes azulados que Tembol aun conservaba. Estas son las alas – le había dicho la hechicera- que te llevarán más allá de las esrtrellas hasta el lugar donde nace la luz.


Extraño presente, para venir de una hechicera, había pensado. Y extraño también fue el hecho de que al día siguiente de su despedida una turba iracunda incendiara la cabaña de Kran y las llamas consumieran todos los registros de sus investigaciones. La gente del pueblo había odiado a la hechicera, tanto como Tembol había odiado la ignorancia de sus coterraneos.


En el momento preciso, pensaba aquel oscuro personaje frente a su ventana, me pondré las alas y remontaré los cielos hasta los confines del universo no para buscar la luz sino en busca de las sombras. Perseguir la luz nunca había llamado su atención. Desde niño lo cautivaron las sombras. Su carácter era sombrío, sus ropas a menudo eran grisies, nadie podía asegurar haberlo visto sonreir más de una vez, se sentía solo en medio de la compañía y acompañado en medio de la soledad. Definitivamente su carácter era oscuro y él mismo se sentía parte de las sombras. Quizá por eso fue empleado como uno de los asistentes de la última hechicera que viviera en la región.


Aquella noche de luna llena Tembol buscó el viejo cofre y luego de soplarle el polvo lo abrió. En él había un par de alas, eran las las de una mariposa, negras con vetas azules. En el cofre también había un papel amarillento con unos caracteres grabados en un viejo idioma, y al verlos sonrió recordando las muchas horas que pasara junto a la estufa de Kran memorizando los signos.


Con un suspiro tomó las alas y las puso en su nuca repitiendo los sonidos escritos escritos con pluma de ganso por su antigua maestra. De inmediato una extraña transformación tuvo lugar. Las alas crecieron en su espalda, su cuerpo se hizo delgado, sus sentidos se agudizaron, su mente se hizo clara y abriendo la ventana, aquel insólito personaje; mitad humano, mitad insecto, se elevó por los aires bajo la luz de la luna.


Lo que sucedió enseguida quedó grabado en los anales del tiempo, y es ahora cantado por las ranas del estanque cada vez que brilla la luna. Más allá de lo poco que he podido descifrar de ese canto y sujeto a mi propia interpretación, me atrevo a decir que Tembol viajó por el universo entero buscando el reino de las sombras y en su empeño visitó constelaciones y galaxias conocidas y desconocidas y tal vez cruzó mundos interdimensionales, o quizá intertemporales, el canto de los batracios no es claro en este punto, hasta llegar al lugar donde mueren las sombras. En aquel confín del universo finalmente descubrió con asombro que es justamente allí, donde mueren las sombras, que tiene lugar el nacimiento de la Luz.


Pacelli, julio 9 2011