29 mar. 2012

En un día de carnaval



En un día de carnaval
Texto original de Pacelli Torres

Los ojos cansados de doña Celestina viajaban por las calles del pueblo. Era la tarde de sábado de carnaval, y como todos los años, doña Celestina puntualmente había acercado su mecedora al balcón para contemplar el espectáculo. Así lo había hecho por más de cincuenta años.
Abajo la algarabía de la fiesta estaba en pleno esplendor. Carrozas multicolor que presentaban los más variados temas, desde míticos hasta costumbristas, avanzaban despacio en medio del desfile de comparsas y a lado y lado de las calles se arremolinaban espectadores de todas las edades. Era una típica tarde de carnaval, el sol brillaba inclemente y la alegría de la gente se desbordaba sin límites. Sin embargo había algo que hacía aquella tarde diferente a la de los años anteriores. Una misteriosa figura avanzó desde la colina cercana y se mezcló con el desfile. Era un hombre pequeño, vestido de forma estrambótica que pasó completamente desapercibido entre la multitud. Al igual que todos los demás reía, saltaba y cantaba al son de la banda. Sólo doña Celestina, desde su balcón notó que algo era diferente. Aquella criatura se las arreglaba para de forma disumulada tocar a las personas que tenía cerca, aquellas perdían toda su alegría y se sumían en un melancólico silencio. Una ola de trizteza fue lentamente cambiando el ambiente de las calles y cuando la última persona fue tocada por el extraño personaje se empezaron a oir los primeros sollozos. La algarabía del carnaval se había transformado en una sombra que lentamente penetró a las casas e hizo presa también de quines por una u otra razón no habían acudido al carnaval. Solamente doña Celestinal, que había instintivamente empezado a rezar el rosario se libró de la maldición.
La sombra se encogío, primero lentamente y luego con total celeridad y fue a posarse entre las manos del extraño personaje bajado de la colina. Esté dió un salto, y por increíble que parezca, fue a absorberse en la pupila derecha de don Octavio el carnicero, que sentado frente a la taberna consumía su doceava cerveza de la tarde.

El día de carnaval había pasado. Y como todos los años anteriores, después de las festividades la vida siguió su curso normal. Sin embargo, el pueblo no fue el mismo. La gente parecía no darse cuenta de que había perdido algo. Nadie sonreía, cualquier desacuerdo producía los más absurdos altercados, nadie confiaba en nadie, y la sociedad toda precía haberse descompuesto de una forma irreversible.

En sus noventa y siete años de vida, doña Celestina no había oído ni leído ni contamplado algo semejante a lo de aquella tarde. Y en sus noventa y siete años jamás se imaginó que le correspondería ser la libertadora de su pueblo.

Una mañana, reunió todo su valor y salió de la casa. Caminó lentamente con su rosario en la mano hasta la carnicería de don Octavio. Este estaba ocupado despachando a un cliente. Al ver a doña Celestina pareció pretificarse, sus ojos brillaron con fuego y de su pupila derecha emergó un ser demoniaco que se avalanzó sobre la anciana. Ella, sin embargo, sin perder la cordura ni el valor recitó unas palabras que hasta la fecha no ha podido saberse si eran una oración o no, el hecho es que aquella criatura cayó a sus pies como si se hubiera achicharrado. Al mismo tiempo una niebla helada, con una tonalidad azul pálido salió de la pupila izquierda del carnicero y barrió las cenizas dejadas por la bestia. Aquella niebla se condensó y formo una nube gris que saliendo por puertas y ventanas ascendió hasta el cielo y dejó caer tal aguacero sobre el pueblo como nunca había caído. En sus gotas estaba condensada la alegría robada, y jovenes y viejos se precipitaron a las calles cantando bajo la lluvia como si de un nuevo día de carnaval se tratara.

Doña Celestina regresó a su casa, como si nada hubiera pasado. Los pocos que estuvieron presentes en la carnicería contaron su versión, quienes no, le agregaron algunos adornos y recontaron la suya. Algunos se aventuraron a especular y algunos afirmaron a los cuatro vientos que se trataba solamente de una histeria colectiva.
Nada de esto interesó a la anciana, que por tantos años había visto desde su balcón carnaval tras carnaval. Una mañana sus ojos agobiados por las cataratas se cerraron para siempre. Don Octavio acompañó el feretro hasta el cementerio y al poner una rosa roja sobre él, vio cómo un díafano ser alado ascendía hasta el cielo. Entonces ya no tuvo duda de que un ángel habia estado habitando entre ellos.

Viena, Marzo 28 de 2012