22 abr. 2012

La Batalla

La Batalla
Relato original de Pacelli Torres

“El egoismo, la avaricia, la discordia y todas las demás emociones negativas de los humanos son la moneda con que se negocia en el infierno.”

Al oir estas palabras, el Desgano tuvo una gran idea. Salió de su cueva y le propuso matrimonio a la Apatía, le prometió que irían juntos vagando por la mente de los humanos depositando en ellas sus larvas, cuando estas se desarrollaran producirían frutos que se reproducirían a la vez y ellos, el Desgano y la Apatía se convertirian, de esa forma, en una pareja extremadamente rica.

La Apatía aceptó.

Al cabo de unos meses podía veseles en plena actividad. La Apatía, vestida como una niebla blanquecina, se mezclaba con el Desgano, cuyo disfrás era un humo ocre y juntos formaban remolinos que penetraban lo más íntimo de la conciencia humana.

Mi propio pueblo, me da tristeza decirlo, estuvo a su merced.

Cientos de personas se vieron afectadas. Sú único propósito en la vida parecía ser desear el mal a los demás. Sus corazones se fueron carcomiendo por la envidia y solamente se oían de ellas lamentos por su mala suerte y el cruel destino que les había correspondido vivir. Habían perdido toda esperanza y nadie parecía hacer un esfuerzo por cambiar.

Los más jóvenes se atrincheraban tardes enteras frente a las pantallas del computador sin hacer nada productivo, evitando a toda costa el tener que pensar. Parecían no darse cuenta de que el tiempo se les escapaba de las manos.

“Una mente desocupada es el taller del diablo”, les repetía una y otra vez don Abelardo el sastre, pero parecían no entender.

“El tiempo perdido los santos lo lloran”, eran las palabras de doña Ernestina, pero a ellos les tenía sin cuidado.

Todos los que fuimos infectados notabamos el desazón en nuestro corazón, pero no comprendíamos la causa. Nuestra mente vagaba como un barco a la deriva, nos era imposible focalizar cualquier pensamiento y lentamente fuimos cayendo en un pesado letargo.

Los engendros del Desgano y la Apatía nos manejaban como si de marionetas se tratara. Nosotros, sintiendonos acorralados y perdidos, hicimos tímidos esfuerzos por liberarnos, pero desafortunadamente fueron mal encaminados. Culpabamos a nuestros padres, a los profesores, a las instituciones, reclamabamos sin dejar que los demás hablaran, lanzabamos arengas que nosotros mismos no entendíamos, sentíamos que habíamos sido despojados de algo, pero no sabíamos de qué ni cómo.

Entonces, ante aquel desastre inminente, desde las dimensiones que se hallan más allá de la comprensión humana, fue enviado un mensaje. Lo traía Virigilio, quien había guiado a Dante por el purgatorio y el infierno.

“Mira el cielo, mira el cielo” sentí que me gritaban mis compañeros, “nos han enviado la clave”. Miré hacia arriba pero lo único que vi fue el arcoiris. “Mira con atención”, me repitieron mis amigos, y entonces fue cuando lo ví. El arcoiris se había transformado en una trenza de rayos azul, rojo y blanco. En cada uno de ellos había diferentes inscripciones: en el primero, ecuaciones y fórmulas matemáticas, en el segundo imágenes de templos griegos y pinturas del renacimiento y el tercero simplemente era de una blanca luminosidad.

Son la Ciencia, el Arte y la Espiritualidad, nos dijo nuesto compañero Flavio, al que todos llamabamos Platón por su amor a la filosofía. Las tres deben estar entrelazadas y constituyen el pilar fundamental para el desarrollo humano.

Desde entonces se ha librado una dura batalla entre el Desgano y la Apatía, que pretenden anularnos y la trenza mágica de la que nos habló Platón. Cuando avanzan los unos, retroceden los otros pero estoy seguro de que al final la Ciencia, la Espiritualidad y el Arte se impondrán, después de todo, las bibliotecas están abiertas, el sentido de la existencia está imbuído en Naturaleza y una caja de témperas no cuesta mucho.

Antaraxia

Recibí este libro desde Argentina, no sé por qué ni como, en todo caso los invito a hojearlo. Se puede bajar gratis desde internet en

http://gonzalosalesky.blogspot.com/

Si les gusta háganselo saber al autor, los escritores nos alimentamos de los triunfos.

20 abr. 2012

La clase de ciencias

La clase de Ciencias
Relato original de Pacelli Torres

El director se presentó un día en nuestro salón de clase. “Don Facundo está enfermo” nos dijo. Todos sonreimos por dentro y reprimimos un aplauso. Don Facundo estaba enfermo y no tendríamos la tortura de sus aburridas clases por dos semanas.

“Sin embargo”, continuó el director,”su sobrino está aquí para reemplazarlo.

Por la puerta entró un ser que parecía salido de otro mundo. Tenía una barba rala y el cabello encrespado le caía hasta la espalda. Su rostro se me hizo conocido, pero no sabía dónde lo había visto.

Pasó la mirada por cada uno de sus nuevos pupilos y tuvimos la sensación de que estaba viendo a través de nosotros.

“Muy bien, señor director”, dijo, “veré que se puede hacer.”

El director salió y nos quedamos a solas con Facundo dos. Se llamaba igual que su tío. “Es una cuestión de familia”, nos dijo, “el nombre ha pasado de generación a generación desde que el tatarabuelo de mi abuelo salió de Portugal.”

Las cosas que oímos en esas dos semanas de boca del segundo Facundo las hemos recordado hasta la fecha todos los que tuvimos el privilegio de escucharlas.

El jueves de la segunda semana, sin embargo, yo quedé con la duda de si en verdad había entendido todo lo que quiso decirnos.

Tomó una lámina de cartón en la que había hecho una ranura, puso tras ella un vaso con agua y acercó el conjunto a la ventana para que le diera el sol. Enseguida aparecieron los colores del arcoiris.

“La luz que conocemos”, dijo,” está formada por ondas de diferentes longitudes, cada una produce un color diferente.

“Oh”, dijeron algunos de mis camaradas. “Es increible”, dijeron otros”

“Es por eso que vemos los colores”, explicó el nuevo maestro. El tablero lo vemos verde porque su superficie absorbe todas las longitudes de onda, excepto la verde. Esta la refleja hacia nuestros ojos y por eso vemos su color.”

Susana, una de mis compañeras guardaba silencio y parecía estar inmersa en un profundo pensamiento.
De repente levantó la mano para pedir la palabra y dijo:

“Eso significa que existen otras cosas a parte de lo que vemos, y que las cosas no son como parecen, como ha repetido tantas veces mi nona Celestina.

“Claro”, dijo Facundo etusiasmado, “en eso tienes razón. En este cuarto estamos rodeados de información. Es increible la cantidad de conocimiento que justamente ahora rebota en las paredes y de la cual nosotros no tenemos ni idea.”

Dos de mis compañeros de atrás se miraron el uno al otro y mientras Facundo abría el cajón de su escritorio uno se llevó la mano a la cabeza con gesto de apretarse un tornillo.

“Veamos si podemos pescar algo de ese conocimiento”, dijo el maestro que ahora tenía un pequeño radio en la mano. Lo encendió y movió el dial hasta que captó una emisora.

“Es la voz de Dinamarca, transmitiendo desde Copenague”, nos dijo. “Las ondas de radio no pueden verse y sin embargo existen. Y no sólo eso, han viajado miles de kilometros para llegar hasta nosotros. Esta es la prueba.”

Su voz era clara y firme como sólo los profetas la pueden tener.

Entonces, súbitamente me dí cuenta de dónde había visto al nuevo profesor antes. En la iglesia, en una de las pinturas que representan el bautizo de Jesús. Facundo tenía el rostro de Juan el Bautista, de eso no cabía duda.

A la salida del colegio oí a dos de mis compañeros que se decían: “eso sí fue una clase de Ciencias, no como las del viejo Facundo, que matarían a un burro de tristeza.”

Sin embargo yo no pensaba en el experimento, sino en las palabras de doña Celestina. Así como las ondas de radio no pueden verse, tal vez existen seres de otros mundos que nos rodean continuamente y tratan de transmitirnos su saber.

Esa misma tarde decidí ir a visitar a don Facundo, allí estaba también su sobrino. Pero ahora que lo pienso, nunca los vi a los dos juntos. Cuando salía uno de la sala entraba el otro.

Ondas de radio, seres de otros mundos, maestros que rejuvenecen. Definitivamente en este pueblo las cosas no son como parecen.

4 abr. 2012

El mensaje


El mensaje

Relato original de Pacelli Torres

Las marcas en el ala de la paloma eran inequívocas, se trataba de una herida de flecha. El animal yacía en el piso y de no ser auxiliado moriría en las próximas horas. Rami la tomó con cuidado y la llevó a su casa. Rami era el nombre con el que se conocía en el pueblo a la hija de Ramón el zapatero, a quien todos tomaban por retardado mental. Ramón y su hija vivían a las afueras del pueblo en una casa modesta donde en realidad nada les faltaba. Para los vecinos era un misterio que pudieran sobrevivir con los escasos ingresos del zapatero. Rami tenía ocho o nueve años y todos sabían que iba a convertirse en una mujer muy hermosa. En una ocasión habían sido visitados por las autoridades del pueblo a las que preocupaba que una niña no asistiera a la escuela y viviera con un hombre con problemas mentales. “Mi padre es un sabio”, les había dicho y yo ya he aprendido de él todo lo que se necesita saber. Las autoridades se negaron a aceptar su palabra y llevaron con sigo a don Jacinto, el maestro de escuela para que le hiciera un examen a la niña. Aquella respondió impecablemente a todas las preguntas. En la prueba de comprensión de lectura encontró dos tíldes que faltaban y tres comas mal puestas. Dado que las autoridades civiles determinaron que en realidad nada estaba mal, acudieron a las autoridades eclesiastisticas. Aprovechando la visita al pueblo del señor Obispo, se arregló que este viera a la niña. Rami habló por horas con gran elocuencia y el obispo tuvo que admitir que todo estaba en orden. Aunque a nadie contó que al llegar de nuevo a su despacho se dio a la tarea de conseguir los libros que Rami le había mencionado, tan intrigado había quedado con sus respuestas. Esa era pues Rami, quien aquella mañana regresó a casa con una paloma herida. “Alguien conoce nuesto secreto”, dijo el padre con seriedad mientras limpiaba la herida de la paloma con un ungüento de hierbas que la curó instantaneamente. “El mensaje ha sido interceptado, tendremos que avisar de inmediato a la sede central”. Acudieron al mercado donde encontraron a doña Eustacia, la vendedora de canastos. Esta partío una naraja en dos y les ofreció una de las mitades. Allí, en la mitad que tenía Ramón en la mano, empezó a moverse una luz azulada que desde la distancia reconocí como una lejana galaxia en espiral, al oprimirla un poco salió una gota de jugo que no cayó al piso sino que quedó suspendida en el aire y comenzó a girar. Se trataba de un planeta y hacia allí voló la paloma, llevando el mensaje de advertencia. Yo, disfrazado de vendedor de mangos, y con mi arco y mis flechas escondidas bajo un costal vacío, destruí sin leer el mensaje que había quitado de la pata de la paloma y abandoné el mercado. Aquella misma noche renuncié a mi puesto como espia intergaláctico y al día siguiente llevé a reparar mis zapatos a la zapatería de Ramón. Realmente no había nada malo con aquella niña.

El tesoro perdido


El tesoro perdido

Relato original de Pacelli Torres


Bernardo y Jacobo eran primos y maestros de construcción. Vivían un tanto lejos del pueblo a lado y lado del arroyo.


Una tarde en que derribaban las paredes de una vieja casa de tapia pisada encontraron un cofre de madera. Adentro había monedas de oro. Llenos de emoción las contaron y recontaron. Había 13 monedas.


La alegría del momento dio lugar a un largo silencio.


“Mala señal” se dijeron.


Los dos provenían de una familia muy supersticiosa y el trece tenía fama de atraer la mala suerte. Decidieron sin embargo quedarse con el botín. Pero a parte de la mala suerte había otro problema. El trece es un número impar, y ¿cómo podrían dividirse en tesoro si el número de monedas no era par?.Ninguno de los dos estaba dispuesto a aceptar que el otro se quedara con una parte mayor. De haber habido doce monedas todo hubiera sido más sencillo.


Entonces se les ocurrió una solución que los dos aceptaron de inmediato. Después del trabajo, cuando llegaron al puente donde cada tarde se despedían, arrojaron al agua la moneda que según ellos les sobraba y los dos continuaron su camino satisfechos, habían recobrado la calma y la alegría. Al llegar a casa escondieron las monedas bajo la almohada y se reclinaron en la cama para pensar qué sería lo primero que se comprarían.


Entonces vino para ambos uno de esos momentos de duda que todos solemos tener. ¿No sería mejor tener siete monedas que seis?. Sus sentimientos fueron puestos en una balanza y los dos, independientemente, decidieron que acudirían al arroyo esa misma noche sin que el otro lo supiera y recobrarían la moneda para sí.


Cuando la noche hubo caído se oyó el persistente ulular de un buho y un viento helado sacudió los árboles y golpeó las ventanas. Los dos sintieron miedo, pero finalmente la avaricia fue más fuerte.


Ambos salieron de sus casas casi al mismo tiempo y se dirigieron al arroyo. El frio calaba los huesos y algo les decía que no se trataba de una noche común. Creyeron ver figuras con ojos brillantes correteando entre los árboles, pero se dijeron, aunque en su corazón no lo creían, que se trataba del reflejo de la luna o tal vez del vuelo de las luciérnagas.


Antes de llegar al arroyo se encontraron con una desagradable sorpresa. Alguien se les había adelantado e inspeccionaba el agua desde la orilla. Los dos se llenaron de cólera al pensar que se trataba del otro albañil y maldijeron en voz baja. Cuidadosamente se fueron acercando escondiendose en árbol tras árbol con el ánimo de abalnzarse sobre el intruso. Cuando la figura se hizo clara, se llevaron el gran susto de sus vidas. En el lugar preciso donde habían arrojado la moneda había un ser esquelético con una túnica negra que parecía estar pescando.


El canto del buho se acentuó y aquella criatura de otro mundo levantó la vista y miró alrededor. Entonces se escuchó el croar de las ranas y unos enormes batracios se acercaron al arroyo. Eran doce en total, seis por cada orilla, y en su lomo cada uno llevaba una moneda de oro.


Aquel espectro de la noche pareció sonreir y dejando la caña de pescar sostenida en la horqueta de un ábol, se dió a la tarea de recolectar el tesoro traído por las ranas y echarlo en un cofre de madera.


La caña de pescar comenzó a moverse y el huesudo ser supo que había logrado su cometido, una brillante moneda de oro colgaba del anzuelo.


Al ponerla en el cofre se oyó un golper seco que luego se convirtió en un rugido y finalmente se produjo un remolino de energía. Los albañiles petrificados de miedo y creyendose completamente solos ante aquel ser horripilante sintieron cómo si una gran aspiradora les chupara el corazón.


El buho en la rama de un árbol observaba con atención. Una sustancia blancuzca salía del corazón de los dos hombres y se iba espesando hasta formar cataplasmas que rápidamente formaron las paredes de una casa vieja y decrépita. Allí enterró el ser demoniaco el cofre.


Una vez cumplida su misión se tranformó en un buitre y fue a posarse en la misma rama que el buho.


Los albañiles huyeron despavoridos.


Al llegar a sus casas encontraron que las monedas habían desaparecido, pero lejos de lamentarse dieron gracias al cielo por ello.


“Tenías razón” admitió el buho mirando con tristeza al buitre. “He perdido la apuesta” y levantó vuelo.


El buitre permaneció unos minutos más contemplando la casa en ruinas que acababa de crearse y pensando en la próxima estategia que usaría para poner a prueba la nobleza del corazón humano.


1 abr. 2012

Las cosas no son como parecen


Las cosas no son como parecen

Relato original de Pacelli Torres


“En este pueblo las cosas no son como parecen“, me había dicho doña Celestina una mañana en que nos encontramos en la panadería. Y al decir esto había sonreído con ternura. Quien hablaba era una jovial anciana que vivía con su gato en la calle principal. En el pueblo le teníamos mucho aprecio y no hace mucho le habíamos celebrado los 97 años.Mi mente se distrajo por un segundo viendo los periquitos australianos que cantaban alegremente en la jaula luego de ser alimentados con un trozo de mantecada.

Las cosas no son como parecen, repetí para mis adentros y al ver de nuevo a doña Celestina noté que todas las arrugas habían desaparecido de su rostro, parecía una mujer de no más de treinta años con unos enormes ojos pardos y unos dientes perfectos. Me miraban con tal dulzura como sólo las imágenes de nuestra Madre celestial pueden represenar. Esto debe ser una ilusión óptica causada por el sol de la mañana, pensé y me quité las gafas para revisar si estaban limpias. Al ponermelas de nuevo me encontré con el rostro tranquilo de doña Celestina tal y como todo mundo la conoce.


Las cosas no son como parecen”, me había dicho de nuevo sentandome en un banco del parque. Con los ojos cerrados dejé que el sol me calentara el rostro antes de sumirme en la lectura de un libro de profunda sabiduría. Unos chillidos horribles me distrajeron. Un ratón mitad blanco, mitad café mordisqueaba un pedazo de carne vieja. De repente había salido de una alcantarilla una rata gris y había empezado a reñirle por el bocado. El ratón no estaba dispuesto a abandonar su botín y se había aferrado a él con avidez. La rata, por su parte, intentaba obtenerlo a toda costa y se vieron envueltos en tal lucha que me hicieron custionar si en realidad reñian por alimento o por simple orgullo.


Curiosidades del reino animal”, pensé y me concentré de nuevo en la lectura. Otra vez fue distraído. Esta vez se trataba de fuertes palabras llenas de rencor que don Amadeo el comerciante intercambiaba con mi vecino, Jorge el abogado.


Le digo que eran cincuenta y seis mil tracientos”, decía el abogado.


No señor, Usted me había dicho claramente cuarenta y cinco mil seiscientos”. Contradecía don Amadeo que parecía haber perdido el respeto que por simple urbanidad se se da a las personas educadas.


Dicuitían por unas comisiones o algo así, usaban términos legales que yo no pude o no quise entender.


Un tanto fastidiado por tatas interrupciones, estaba dispuesto a volver a mi libro cuando noté algo extraño. Amadeo el comerciante llevaba una camisa blanca con un patalón café y el abogado un elegante traje gris y los dos estaban parados justamente en el lugar en que segundos atrás reñían los roedores.


Me quité las gafas con el ánimo de dejar descansar por unos segundos los ojos y al ponermelas de nuevo aparecieron otra vez el ratón y la rata que todavía tiraban de lado y lado del pedazo de carne.


Un chulo que los observa parado en un muro cercano abrió las alas y se abalanzó sobre ellos. Arrebatandoles con poco esfuerzo el bocado por el que peleaban volvió a su muro y comenzó a engurllirlo.


Los animales con una mezcla se asombro y decepción tomaron diferntes rutas. Y allí, frente a mis ojos, se trasformaron en el comenciante y el abogado que sin haber llegado a un acuerdo se habían separado sin despedirse.


En este pueblo las cosas no son como parecen”. Me dije a mí mismo por tercera vez y busqué al chulo sobre el muro. Este había desaparecido, en su lugar había un pequeño demonio, que encorvado sobre el muro parecía estar inmerso en un asunto importante. Su rostro demacrado y triste estaba momentaneamente iluminado por un remedo de sonrisa. Me acerqué hasta donde pude tratando de distinguir lo que tenía en las manos, el demonio levantó la cara y me miró con tal odio que me heló la sangre, luego emitió un chillido horrible y se desvaneció en el aire. Mi osadía sin embargo fue recompensada, pues antes de que desapareciera pude ver que lo que hacía era contar billetes.


Desde entonces simpre he pensado que el egoismo, la avaricia, la discordia y todas las demás emociones negativas de los humanos son la moneda con que se negocia en el infierno.