25 nov. 2013

De vuelta a casa




En mi camino pedregoso, crece la hierba a parches, a la vera retoñan hermosas margaritas, danzan inquietas las abejas y las mariposas revolotean bebiendo el néctar de aquellas flores que se regocijan con su presencia.

Los arboles parecen más altos en este lugar, sus hojas permiten que la luz traspase diáfanamente y la brisa hace que el rocío de la mañana se desprenda por los tallos hasta su raíz. Allí viven pajaritos, insectos y animales, como el pequeño gorrión que anuncia una tormenta, pero me siento tranquilo, pues de ella, solo disfruto el agua caer, no me doy lugar a pensar de que estoy mojado.

Avanzo a paso constante y la lluvia desaparece, las nubes huyen despavoridas del sol iracundo y este brilla. Brilla tanto, que su calor me da fuerzas para seguir caminando, no doy cabida en la mente para sentir calor. Y así lo veo alejarse, desplegando sus rayos hasta el último momento, diciendo “hasta mañana, los espero temprano a las 5:00 a.m.”. 

Entonces, las aves buscan sus nidos, los animales buscan refugio, parece que la noche será fría, pero no puedo pensar en ello, tengo una llama interna que me ínsita a continuar caminado, por cuestas empinadas, es difícil ver en la oscuridad, pero ya viene la luna para iluminar, mi refugio es de centenares de estrellas, brillan distantes y apartadas, pero allí están cada noche, recordándonos de donde venimos.

Tengo un azadón al hombro que a veces pienso que pesa demasiado, como si cargara con mi cruz, pero lo que llevo terciado en la mochila, me recuerda para que lo cargo, son frutos de la tierra, papita de mi terruño, algunas verduras, algunas fruticas.

Los perros ladran, pero no se notan furiosos, ellos han aprendido a reconocer mi trasegar por el camino, entonces veo asomar una silueta en la ventana de la casa, es una mujer, es mi esposa que me saluda. Por el portillo salen los niños a mi encuentro, se abalanzan sobre mí y me tumban sobre el césped. El más pequeño me ayuda con el azadón, la niña se hecha la carga encima, pero yo le ayudo. Miro la chimenea de mi ranchito y siento el olor a mazamorra de tostado desde antes de entrar a la cocina, mi mujer me dice que si quiero otro plato, yo lo recibo con gusto.

Mañana es navidad, a lo lejos la luz de la ciudad titila inquieta toda la noche, sentado en una piedra de amolar, doy gracias a la vida, pues una vez más he vuelto a casa, a mi campo.